Ford T

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Interior Ford T. Aumentar panorámica

En un periódico local leí que un nuevo rico, un tal Henry Ford, había dado con la fórmula mágica para motorizar a los sufridos campesinos de los Estados Unidos. En este país, como en cualquier otro, lo habitual es ver mulas y caballos tirando de carros obsoletos de madera por los polvorientos caminos de tierra, así que… ¡bienvenidas sean las ayudas tecnológicas! Aunque preveo que no tendrá futuro. No me convence.

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“El sur de California en verano tiene que ser un sitio verdaderamente inhóspito”, pienso. ¡Demasiado calor!

He escuchado que un ranchero se ha hecho con un nuevo y flamante Ford T, así que me olvido de la canícula estival y me dirijo a probarlo. En 1914, un artefacto con ruedas que se mueve sólo, es digno de un artículo.

Nada más llegar a los terrenos del dueño, veo a lo lejos una enorme lona cuya misión es proteger la nueva adquisición.

Iñigo Pérez, el dueño, me comenta que no hay otro como éste en toda la comarca. Me lo creo, yo nunca vi uno. Lo más parecido fue hace meses, en la gran ciudad, un enorme vehículo ruidoso y sobre todo caro, según me comentó su dueño al preguntarle. Era el propietario de…mi periódico. Mi jefe. ¡Cómo si no podría permitirse semejante lujo!

fordtrancho2De todas formas, también leí que el señor Ford prometía un coche fiable, sencillo y económico. Veamos lo económico: 820 dólares. ¿Tan barato es? Mi sueldo son 10 dólares semanales, y a regañadientes. Sigue siendo infinitamente mejor que los 4.600 que leía en la publicidad de Oldsmobile, casi tanto como una casa de 3 habitaciones.

Volviendo al rancho de Iñigo, al quitar la lona puedo observar que es un coche pequeño. Por cierto, bastante bonito. Su color blanco resalta con el color anaranjado de la casa, y sobre todo con el arcilloso del suelo. Henry suele decir que “se puede elegir cualquier color, mientras sea el negro” Pero eso ocurre a partir 1913, debido a la rapidez de secado que impone la producción en cadena. Antes, podía pedirse también en rojo o blanco. Como la mayoría de los automóviles actuales, es descapotable, y luce unas armoniosas aletas sobre las ruedas, para evitar que las delicadas señoritas que tengan el placer de subir se manchen de barro o tierra.

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La barra de la izquierda hace de freno de mano y de segunda velocidad. El pedal de la izquierda es la primera velocidad, el del medio es la marcha atrás y el de la derecha el freno

Ahora veamos lo sencillo de su funcionamiento que nos promete Henry: Primero, hay que abrir el grifo de combustible. Para ello, es necesario meterse debajo del coche. Hay que tirar de la bobina de choke fuera, al lado de la manivela (estos dos pasos iniciales son automáticos en esta unidad, gracias a un costoso “extra”), darle al contacto, subir la palanca de encendido a la izquierda del volante, apretar la palanca del gas hacia abajo y sujetar el freno de mano. Después, basta con pisar un pequeño pulsador a la altura del tacón del zapato, en el suelo (otro extra). En caso de no disponer de este adelanto, es necesario darle a la manivela hasta que oigamos el motor, o nuestro brazo cruja por alguna quebradiza razón…la conocida “fractura Ford”.

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El mando de la izquierda regula el avance de encendido y el de la derecha es el acelerador

Bien. Parece que nuestro pequeño “Tin Lizzie” (ese es su apodo) se despereza poco a poco. El motor, un 2860 centímetros cúbicos con 20 caballos de potencia, me recuerda a una de esas máquinas de vapor por el rítimico po po po po que se escucha.

Gustosamente, el dueño del aparato me explica su funcionamiento una vez arrancado: “Hay tres pedales. El de la izquierda, si lo pisas, acciona la primera velocidad. En el medio, la marcha atrás. A la derecha, el freno.” “¿Y el acelerador?” pregunto. “Es esa palanca a la derecha del volante”

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Sigo pensando que es más fácil llevar un carro con caballos, pero en fin. Ahora lo que quiero es moverme. ¿Cómo? “Pisamos el pedal de la izquierda lentamente mientras se suelta el freno de mano, y das gas con la mano derecha” Hecho, el T comienza a andar. “Ahora, segunda.” Para ello, hay que soltar el pedal izquierdo y mover hacia delante la palanca que antes tenía la función de inmovilizar el vehículo.Una vez que nos hemos lanzado a “toda velocidad” por el camino de tierra, veo quedarse atrás unos cactus, que parecen haberse quedado petrificados al observar tal adelanto. Y no es para menos, ya que con paciencia y condiciones favorables, es posible alcanzar unos 60 kilómetros por hora.

Los baches del camino no parecen tales, gracias a los sillones sobre muelles que amortiguan cualquier irregularidad. Aparte, unas ballestas sobre cada eje mejoran la comodidad de las habituales diligencias del siglo pasado y que todavía se dejan ver.

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También es necesario comprobar el nivel de aceite, para lo cual es básico echarse debajo del coche y abrir dos grifos. Cuando rebosan, está correcto.

Y ahora una relativa novedad: La gasolina. Resulta que este tipo de máquinas no se conforman con agua y paja, no señor. Es necesario llenar un bidón con ese líquido oloroso, inflamable y no muy caro. Por lo que me cuentan, el Ford consume entre 15 y 20 litros cada vez que se completan 100 kilómetros. Para comprobar la reserva, basta con sumergir una vara de madera en el depósito, que nos permite saber si tenemos que volver a casa o seguir paseándonos. En este caso la vara nos manda volver irremediablemente al garaje.

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Motor de cuatro cilíndros. 20 Cv de potencia. Velocidad máxima de 71 km/h. Consumo: un litro cada 5 km.

Me despido de Iñigo y comienzo el viaje de vuelta. Como el viaje es largo, me dio tiempo a pensar que me gustaría escribir dentro de 100 años y contar que este coche fue todo un éxito. Seguramente, mis nietos afirmarán que aquel coche tan novedoso vendió, por lo menos, 15 millones de unidades. Y que uno de cada dos conductores del país tendrían uno; que el precio se rebajó, por ejemplo, a los 250 dólares, para que yo me lo pudiera comprar.

Pero yo sigo diciendo que este invento no puede ser para todo el mundo. Es demasiado caro, demasiado ruidoso, y muy complicado para el común de los mortales. Una ruina, señor Ford.

Autor: Carlos Arroyo Herguedas


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Iñigo Pérez Hernando. Dueño del coche, su padre (Carlos Pérez Caño) se lo adquirió hace 40 años al alcalde de Sierra de Fuentes (Cáceres)

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