Mapa de Mérida con panorámicas de 360º en realidad virtual
Autor: © 2006 Juan Pedro Rodríguez-Ledesma.
Teatro, Anfiteatro y Museo Nacional de Arte Romano

Introducción
Acercarnos a Mérida desde muy lejos, como a vista de pájaro, supone una experiencia impresionante, casi mágica se podría decir. En Mérida se atesoran las mejores y mayores ruinas romanas de toda la península ibérica, es conjunto arqueológico declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y día a día aparecen nuevos restos que asombran por su extraordinaria monumentalidad y el buen estado de conservación con que han llegado hasta nuestros días. Mérida es una inmersión en el alma romana más auténtica, tal y como se vivía en provincias, en una capital de provincia del Imperio. En efecto, Mérida fue desde el principio «colonia» romana, es decir, fundada por ciudadanos romanos o, más concretamente, por soldados veteranos de las legiones X Gemina y V Alaudae, conducidos aquí desde el norte de España tras vencer a los cántabros en una formidable batalla cerca de Lancia, en León. Estos legionarios al mando de Publio Carisio, «Legado» del emperador Octavio Augusto, fundaron la ciudad en el año 25 a. C. con el nombre de Emérita Augusta. Así nacía Mérida o Emérita, construida nueva sobre un lugar donde se cree no habría ningún asentamiento anterior, concretamente a orillas del río Anas —hoy Guadiana, que «guadi» significa río en árabe. Quizás el asentamiento fuera elegido por la facilidad para construir el famoso puente romano, uno de los más largos que jamás se hicieron en la antigüedad (792 m y 60 arcos, muchos de ellos restaurados en épocas posteriores), quizás el lugar era idóneo por las comunicaciones y las ricas tierras de labor en la vega del río que se repartieron entre esos licenciados emeriti. Lo cierto es que nos asombra la perfección del diseño urbanístico de esta ciudad pensada para ser capital de la Lusitania. Sin entrar en más detalles, sabemos más o menos la extensión y localización de la ciudad romana gracias a la red de alcantarillado que corría en retícula bajo las principales calles de la ciudad —decumanus y kardo— y que iban a desembocar al Guadiana o a su afluente, el arroyo Albarregas. Esas cloacas tienen entre uno y dos metros de altura y están abovedadas con ladrillo o con mampostería romana. Muchas de ellas siguen en uso. La Mérida romana ocupaba más o menos lo que es el centro de la Mérida actual, que ha crecido rápidamente en los últimos años llegando a ser una ciudad de más de 60 000 habitantes. En tiempos de esplendor del Imperio Emérita pudo llegar a tener unos 40 000 habitantes. Todo esto nos hace pensar en una ciudad de suma importancia y dotada de todos los servicios y monumentos acordes con su rango de capital provincial. Así lo atestiguan los restos de dos acueductos —Los Milagros y San Lázaro—, de termas públicas cerca del foro, de templos como el que se encuentra en el foro municipal —el llamado Templo de Diana—, o en los restos del templo a Marte que componen el «Hornito de Santa Eulalia», dos casas romanas del tipo domus —las llamadas Casa del Anfiteatro y Casa del Mitreo—, innumerables restos de calles, calzadas y casas esparcidos por diversos puntos de la ciudad y, por supuesto, los edificios para espectáculos públicos como el Teatro, el Anfiteatro y el Circo Romano de Mérida. Eso sin contar con las dos grandes presas —Proserpina y Cornalvo— y las numerosas casas de campo que se han encontrado en la comarca emeritense. Algunas de estas villae han proporcionado excelentes mosaicos que se exponen sobre las paredes del Museo Nacional de Arte Romano.

Mérida es por tanto un conjunto arqueológico de primer orden y obligado punto de referencia para cualquier estudioso o amante de la cultura clásica. Alrededor del Museo, por ejemplo, se desarrolla una intensa vida intelectual sobre temas de arte y cultura romana, con frecuentes exposiciones, conferencias, simposios y cursillos especializados que acercan un poco más la sociedad española a lo que es parte de su Historia. No hay que olvidar que aquella Hispania de la antigüedad nos ha dejado la lengua, las formas de vida y costumbres, las estructuras sociales y legales básicas de nuestra cultura mediterránea.
Pero en esta breve guía de la ciudad no pretendemos detallar todo lo que tiene Mérida. Hay obras sobradamente especializadas en el tema que analizan todo el acervo arqueológico encontrado dentro y fuera de la ciudad. Nuestra intención es únicamente llevar de la mano al visitante ocasional que viene a pasar unas horas en la ciudad, que no dispone de mucho tiempo y que pretende hacer un recorrido ameno e interesante por los restos romanos más significativos. En esta aproximación, por tanto, hemos elegido en primer lugar el Teatro y el Anfiteatro, por ser sobre todo el Teatro la joya de los monumentos emeritenses. En segundo lugar visitaremos la Casa Romana del Anfiteatro, llamada así por encontrarse frente a este último. Finalmente, y como complemento de lo anterior, haremos obligada referencia al llamativo Museo Nacional de Arte Romano, edificio situado en la misma zona y de fácil acceso para el visitante que haya aparcado su automóvil frente al Anfiteatro. En total se calcula un par de horas para la visita a estos monumentos, de una manera tranquila y relajada, tiempo más o menos empleado por uno de esos excelentes guías profesionales que explican la ciudad a los turistas. Nuestra guía, pequeña y manejable, sencilla pero exacta en sus descripciones, amena al mismo tiempo que fiel a los datos históricos, habrá de servirnos como acompañante y amiga en nuestra corta visita a Mérida.

Anfiteatro
Después de la taquilla nos encontramos en un recinto ajardinado y decorado con algunos restos arquitectónicos que dispone de servicios públicos a la derecha. Bajando por la rampa llegamos pronto al Anfiteatro emeritense y, en vez de dirigirnos a la entrada principal, torcemos rápidamente a la izquierda para irlo bordeando al mismo tiempo que la calzada romana. De esa manera podemos observar cómo se pavimentaban las calles y caminos a base de grandes piedras planas (dioritas) que encajaban unas con otras, a pesar de que actualmente se hayan movido por el paso de los siglos. Las aceras que aún se pueden ver son de grandes losas graníticas. Este pequeño rodeo nos ofrece la posibilidad de acceder al Anfiteatro desde arriba y, por una de las 16 puertas de acceso al edificio, llegar justamente al pasillo o præcintio que rodea todo el perímetro. Siguiéndolo hacia la izquierda se observa a la perfección la estructura del Anfiteatro. Ante nosotros se extiende un óvalo o elipse, por ser esta la forma que los romanos daban a sus anfiteatros. En los extremos del eje mayor se abren dos grandes puertas utilizadas normalmente por los gladiadores para acceder a la arena.
Entraban desfilando con todas sus armas al son de la música y, tras el saludo ritual, se iniciaban los combates. Las luchas podían ser muy variadas, enfrentando hombres de diferente armamento individualmente o en grupo. Por ejemplo, el secutor armado de espada corta, escudo y yelmo se enfrentaba al retiarius, con red y tridente. A este respecto resulta curioso constatar que se ha encontrado una inscripción funeraria dedicada a Cassius Victorinus, reciario que encontró la muerte a los 35 años de edad. La diosa oriental Némesis aparece mencionada en otra inscripción de un tal Marcus Aurelius, siendo probablemente un gladiador que veneraba así a la diosa de la Justicia y de la Venganza, la diosa de los gladiadores y de los esclavos. Los gladiadores eran ciertamente esclavos entrenados para luchar en escuelas especiales, aunque también había hombres libres que se dedicaban a ello por el dinero y la fama que podían conseguir, por ejemplo algunos soldados veteranos. También se solía ejecutar a los criminales en la arena de los anfiteatros, para así dar un escarmiento público. Los enfrentamientos no eran únicamente entre hombres, también se podían dar «cacerías» de animales salvajes, las llamadas venationes, por haber hombres especializados en matar este tipo de animales.Y, por último, también se daban a menudo luchas entre diferentes tipos de fieras y animales. Tengamos en cuenta que los romanos dominaban todo el ámbito del Mediterráneo y podían transportar fácilmente felinos desde África o Asia para enfrentarlos, por ejemplo, a los osos, lobos o uros locales. El urus era un toro salvaje que abundaba entonces en la península ibérica, como en casi toda Europa.
Pero volvamos a la estructura del edificio. Como se puede observar desde la posición en que nos encontramos, el Anfiteatro y Teatro de Mérida estaban construidos en parte sobre la ladera de una colina que se encontraba en el extremo de la ciudad, así que los romanos se evitaron mucha construcción exenta. Bajo nosotros se extiende la ima cavea, la zona más extensa del graderío que quedaba reservada para los caballeros (equites) y patricios. Son diez filas de gradas. Por encima de nuestra posición se extendían las cinco filas de gradas de la media cavea, reservada para gentes de condición inferior, como los libertos. Esta parte está muy destruida y únicamente han quedado los grandes bloques de cemento romano que parecen rocas. Aún falta la tercera zona de este tipo de edificios, la llamada summa cavea, también con cinco filas de gradas, donde se sentarían los esclavos y la plebe en general. Esta parte ha desaparecido en su totalidad, así que deberíamos imaginarnos un cuenco mucho mayor con capacidad para unos 15 000 espectadores. Por supuesto que la estructura del graderío estaría recubierta en su totalidad con grandes bloques de granito para los asientos, pero sólo ha llegado bien conservada la zona al sur del edificio.
Encima de las grandes puertas del eje mayor, que mencionábamos antes, se encontrarían palcos para personajes importantes, así como en las tribunas situadas a ambos lados del eje menor. De la tribuna principal o presidencial no se ha conservado nada, como no sean las dos escalerillas para subir desde el corredor principal de acceso al edificio. Allí se sentaría el dignatario político más importante, quizás el Legado del emperador que era también gobernador de la provincia Lusitania. Frente a él, y bien conservada, la tribuna para el empresario o editor que organizaba los juegos. Los espectáculos en la antigua Roma eran gratuitos y estaban financiados por el Estado o por un particular que ganaba así prestigio y honores para su carrera política. El que fueran gratuitos se podría deducir de las muchas puertas que se abren en todo el perímetro para facilitar la libre circulación de los espectadores. El editoris tribunal tiene una pequeña habitación situada debajo con dos puertas que dan paso a la arena. Allí se encontró la inscripción que nos da la fecha de inauguración: año 8 a. C., de acuerdo con la potestad tribunicia y los consulados ostentados por Augusto en ese momento.
Pero sigamos por el pasillo que separa la ima o prima cavea de la media, hasta descender finalmente a la arena por el corredor de acceso del lado sur. Casi al llegar a la arena nos damos cuenta de que hay dos pequeñas habitaciones abovedadas con ladrillo a ambos lados del corredor. Se cree que pudieran estar dedicadas a los gladiadores o más simplemente ser carceres, es decir lugar donde guardar a las fieras, a las que se dejaría pasar a la arena descorriendo unas verjas sobre el podium. En los laterales se pueden observar puertas más pequeñas así como unos a modo de «buzones» esculpidos en piedra, para echar de comer sin peligro o para azuzar a los animales antes del espectáculo. Jaulas habría seguramente en la fossa arenaria que se abre con forma de cruz en el centro de la arena. Estas fosas eran utilizadas para guardar todo lo necesario en la representación de estos espectáculos tan complejos y vistosos. A veces se representaba un bosque, a veces una pequeña colina o un desierto con oasis. Se podía asimismo rellenar la fosa con agua o —más normalmente— cubrirla con un entarimado de madera para dejar la arena lisa a los participantes en los juegos. Los espectadores se encontraban protegidos por un alto podium o barrera del que sólo se ha conservado el zócalo. Estaría recubierto con vistosos mármoles engastados con grapas de bronce, como se puede deducir por los agujeros que aún se ven sobre las piedras. Sobre el podium habría una cornisa y sobre ella una balaustrada con pinturas aludiendo a este tipo de espectáculos. Algunas pinturas encontradas aquí se exponen en el Museo Nacional de Arte Romano. Hay que decir, sin embargo, que la altura se elevaría a unos cuatro metros mediante una verja de hierro que correría todo alrededor del perímetro, dada la peligrosidad de los ludi gladiatori y las venationes. Hemos de suponer que el edificio estuvo en uso hasta mediados del siglo IV d. C., cuando el emperador Constantino se convirtió al Cristianismo con todo el Imperio. Entonces fueron suprimidos los infamantes juegos gladiatorios y el edificio sería abandonado o utilizado para otros fines.
Teatro
Salimos del Anfiteatro por el mismo corredor principal de acceso sobre el que estaba situada la tribuna presidencial. Frente a nosotros se extiende la calle pavimentada que separa ambos edificios y que va abrazando el Teatro por detrás. Éste, al igual que el Anfiteatro, apoya su graderío bajo sobre la ladera de la colina, así que las puertas que se abren sobre este lado conducen hacia la mitad superior del edificio. Precisamente hay un corredor subterráneo abovedado que recorre todo el semicírculo y se abre en seis accesos (vomitoria) que desembocan en la ima cavea. Como Orfeo en busca de Eurídice penetramos en la oscuridad de los infiernos para, repentinamente, quedar deslumbrados al regresar a la luz.

Deberíamos tomar asiento sobre las gradas de piedra para contemplar tranquilamente el espectáculo que nos ofrece la fachada escénica del Teatro de Mérida (scænae frons). Se trata de uno de los escenarios mejor conservados de todo el Mediterráneo, y muestra muy bien cómo los romanos solían cerrar el frente de sus teatros con un fondo grandioso y monumental a la manera de un pórtico o fachada de palacio. Los griegos, en cambio, solían dejar abierto el escenario sobre el fondo del paisaje. La fachada del Teatro emeritense fue construida hacia finales del siglo I o principios del siglo II d. C., más o menos la época de los últimos flavios (Domiciano) o tal vez ya en tiempos del emperador Trajano, por el estilo de las columnas, estatuas y capiteles. Aunque el uso del Teatro durante varios siglos hizo necesarias algunas reformas, quizás la más importante fue la acaecida entre los años 333 y 335 d. C., época de Constantino el Grande.
El frente escénico se compone de dos cuerpos de columnas de orden corintio, siendo las bases y capiteles de mármol blanco, los fustes de una sola pieza de mármol azulado (excepto las dos columnas falsas que se han introducido para completar el conjunto y cuyos fustes están formados por tres piezas). Detrás y debajo de las columnas, en el podium, todo el paramento estaba recubierto con grandes losas de mármol de diversos colores, alternado el mármol rosado del zócalo con el blanco y el azul de cornisas y paredes. Aún se pueden contemplar algunos restos de placas que se engastaban en el muro mediante grapas broncíneas, como ya hemos podido observar en el Anfiteatro. Entre las columnas (intercolumnium) del piso bajo vemos algunas estatuas, copia exacta de los originales aparecidos en este lugar que se pueden admirar en el Museo Nacional de Arte Romano. Se observan dos emperadores romanos con coraza o thoracatos,y la estatua con torso desnudo de un emperador, quizás representado como el dios Júpiter. Sin embargo, la estatua más notable es la de la diosa Ceres que se sienta sobre la valva regia o puerta principal de acceso al escenario.
Ceres es la diosa de las cosechas, de la agricultura y de la fertilidad de la tierra. De hecho la palabra latina «cereal» viene de Ceres. A la derecha de Ceres, y sin cabeza, podemos observar la estatua femenina de la diosa Proserpina, hija de Ceres y esposa de Plutón, el dios de los infiernos. Plutón se sitúa a la izquierda de Ceres tocado con un bonete y con abundante barba. Los tres dioses por tanto están en relación sobre la escena del Teatro y presentan al espectador el misterio de la renovación de la vida a través de las fuerzas que se ocultan en el interior de la tierra (misterios de Eleusis). El mito cuenta cómo Plutón, que se repartía el gobierno del mundo con sus hermanos Júpiter y Neptuno, se enamoró de la hermosa hija de Ceres, Proserpina, y la raptó para hacerla su esposa en los infiernos. Las protestas de Ceres ante Júpiter hacen que se llegue a un acuerdo entre aquella y Plutón, de modo que la mitad del año la pasaría Proserpina con su madre sobre la tierra, la otra mitad con su marido en el submundo de los infiernos. De esta manera Proserpina se convierte también en diosa de la primavera y del paso de las estaciones, ya que al venir sobre la tierra, con ella llega la primavera y maduran las mieses en los campos durante el verano. Su madre está feliz. Pero al regresar con su marido viene el otoño y el invierno, porque Ceres se queda triste sin la presencia de su hija. En todo caso este mito del eterno retorno de la Vida, tan bien representado sobre la escena del Teatro de Mérida, nos hace reflexionar sobre la importancia de esta colonia como centro agrícola en las vegas del Guadiana.
El frente de la escena tiene además dos puertas laterales más pequeñas (valvae hospitalia) para el acceso de los actores al escenario (pulpitum). Esta explanada tiene unos 60 m de largo por 7 m de ancho y estaría recubierta normalmente por un entarimado de madera.También encima del escenario podría haber un tejado de madera para proteger a los actores y ayudarles a expandir la voz por todo el recinto. A los laterales se abren sendas puertas de acceso (parascænium) coronadas por arcos de mármol blanco, quizás para hacer pasar carros, caballerías o toda clase de grandes elementos escénicos. El escenario queda separado del semicírculo central mediante un murete que alterna vanos rectangulares y semicirculares y que podría ser el espacio dedicado a los músicos, por ser el lugar de mejor acústica. La orchestra es ese hermoso espacio semicircular pavimentado con losas de mármol azul y rosa, lugar reservado para el «coro», que en las representaciones de teatro clásico cantaba y bailaba estableciendo un diálogo con los actores principales sobre el escenario.
Aunque las representaciones en los tiempos imperiales podían ser muy variadas y no tenían porqué atenerse a las normas del teatro griego, el coro representaba al pueblo y sus componentes llevaban máscaras al igual que los actores sobre el escenario. Estas máscaras se denominaban personae en latín y tenían expresiones fijas según el personaje y la actitud que representaran. Así una máscara triste para la tragedia; alegre o burlona para las comedias, mimos o sátiras a las que tan aficionado era el pueblo romano.También el escenario y el fondo de la escena se transformaba de acuerdo con la obra a representar. Se solía dejar el fondo grandioso de columnas para las tragedias, o para los actos públicos oficiales y ceremonias religiosas que también tenían lugar en el Teatro.
Alrededor de la orchestra se extienden en semicírculo tres gradas que originalmente eran de mármol blanco (según se puede observar en uno de sus extremos) y que han sido restauradas con ladrillo. Estos tres escalones cercanos a la orchestra y al escenario se denominan prohedria y estaban destinados a los dignatarios y autoridades que acudían al espectáculo. Se sentarían en sillas de madera (subsellia) o esculpidas en mármol y marfil (curules), y estaban separados simbólicamente del resto de los espectadores mediante una cancela de mármol de la cual aún se puede ver un trozo en pié. Hay dos puertas de acceso a ambos lados de la orchestra que se llaman parodos o intinera. Son corredores abovedados con grandes losas graníticas que terminan en un dintel con inscripción de la inauguratio del Teatro: «Marco Agrippa, hijo de Lucio, en el tercer consulado, en la tercera tribunicia potestad». Por tanto entre los años 16 y 15 a. C. fue inaugurado el Teatro de Mérida por el general y yerno del emperador Augusto, MarcoVispasianoAgrippa,alasazón el«patrono»de lacoloniaEméritaAugusta.Fueel primer edificio para espectáculos públicos que se construyó en la ciudad, reservándose para ese fin una zona amplia junto al cerro de San Albín.
Podemos imaginarnos la pompa y el boato de los personajes que regían los destinos de la provincia cuando acudían a las representaciones teatrales. Por supuesto que su lugar había de ser el mejor en cuanto a la acústica y a la visión del espectáculo.Vendrían vestidos de togas adornadas con los símbolos de su autoridad, en primer lugar el gobernador, un proprætor de la provincia imperial Lusitania acompañado de su procurator, después los dos duumviri elegidos entre los senadores locales (decuriones). También estarían los ædiles, encargados de todo lo concerniente al mantenimiento de la ciudad, obras públicas y aprovisionamiento, los quæstores, etc.
Situándonos en la orchestra y mirando hacia atrás se puede observar el semicírculo perfecto que formaba el graderío del Teatro. Aquí, mucho mejor que en el Anfiteatro, se ven los tres pisos o caveae que estructuraban este tipo de edificios públicos, según las normas del arquitecto romano Vitrubio. La summa y media cavea tienen cinco filas de gradas y se encuentran separadas por un muro (balteus). La ima o prima cavea es la zona más extensa con 22 filas de gradas que se extienden en sectores (cunei) separados por las siete escaleras (scalae) que parten de respectivas puertas en el muro del fondo. Distribución simétrica y cómoda en el espacio reservado para los caballeros y patricios, con un pequeño altar o lugar sagrado que corta el centro de las tres gradas inferiores. La capacidad total del graderío sería de unos 6 000 espectadores, por lo que se puede deducir la menor afición de los romanos a los espectáculos teatrales si lo comparamos con la capacidad del Anfiteatro (15 000), y sobre todo con el Circo de Mérida que podía acoger 30 000 personas, casi la totalidad de la población emeritense.
Se calcula que a las representaciones del Teatro asistía una persona de cada cinco, a los espectáculos del Anfiteatro una de cada tres, y a los del Circo una de cada dos. No obstante es seguro que vendría mucha gente a los espectáculos del Teatro y Anfiteatro, y que estos edificios, por celebrarse los juegos durante el día, se solían cubrir con un toldo que se enganchaba en la parte superior del graderío y de la columnata de la escena. Esta a manera de «carpa» de circo actual quedaba sostenida por grandes mástiles que se introducían en unos orificios encontrados en el centro del Teatro. Hoy en día no es necesario hacer esto, porque los espectáculos del Festival de Teatro Clásico de Mérida se celebran durante el mes de julio y por la noche, con lo que el buen tiempo y la luz eléctrica hacen amenas las representaciones. No solamente hay obras teatrales clásicas y modernas, sino también espectáculos de ballet, óperas o conciertos, así como cantantes actuales que hacen las delicias del auditorio en las noches estrelladas. Este edificio, al igual que en los tiempos de la «Provincia Lusitania», ha recuperado su protagonismo simbólico y político al ser utilizado en ocasiones por las autoridades del gobierno regional, que se encuentra en Mérida.
Si cruzamos por una de las puertas que se abren en la fachada nos encontraremos en la parte posterior del Teatro (postscæna). Allí estaban las dependencias para los actores y, sobre todo, una enorme zona ajardinada con peristilo. La palabra viene del griego indicando peri (alrededor) y stylos (columna); es decir una galería porticada con columnas que protegería al paseante de las inclemencias climáticas. Siguiendo el eje que cruza el jardín desde la puerta principal (valva regia) podemos observar los restos de este peristilo de forma casi cuadrada, habiéndose restaurado la zona a nuestra derecha para que podamos imaginarnos la altura del conjunto. Las columnas en este caso son de orden jónico y están construidas con tambores de piedra, de los que han sobrevivido algunos restos. Sostendrían un techo de madera a un agua, lo que permitía recoger la lluvia en los canales que se observan junto a las columnas. Estos canales están moldeados con un curioso mortero a base de ladrillo machado, lo que los hacía porosos y facilitaba la filtración del agua al jardín. En los pasillos se pueden ver también pequeños canales de mármol blanco que daban paso al agua por todas partes, refrescando el ambiente. Por supuesto que en el jardín o viridarium habría, además de plantas, árboles y flores, una gran variedad de adornos, inscripciones y estatuas sobre exedras. Se ha encontrado, por ejemplo, un reloj de sol esculpido en mármol. Toda esa zona ajardinada serviría para esparcimiento y descanso de actores y espectadores de cierto nivel social. Al fondo del peristilo y en línea directa con la valva regia, se excavó una capilla (aula sacra) probablemente dedicada al culto imperial, por los restos encontrados allí. Quizás lo más destacable sea la cabeza velada (con velo) en mármol de Carrara del emperador Octavio Augusto, pero también algunas inscripciones, estatuas de «togados» y hasta otros retratos de miembros de la familia julio-claudia.Todo esto se expone en el Museo Nacional de Arte Romano.
En efecto, el emperador era considerado un dios después de muerto, y a veces también en vida, así que era preciso rendirle culto, tanto más en una provincia alejada del Roma como era la Lusitania.Tal era la distancia y tan lentas las comunicaciones en aquel tiempo que la mayor parte de la gente no llegaba a ver jamás al emperador en persona, sino una representación suya en el Foro o en los templos. Los sacerdotes del culto imperial (flamines) se encargaban de realizar las ceremonias y sacrificios de glorificación al emperador. Podemos suponer que este culto estaba en relación con los juegos teatrales, por cuanto que el Teatro no era utilizado solamente para representar obras dramáticas, como dijimos antes.
El Teatro, al igual que el Anfiteatro, fue abandonado al adentrarse el periodo cristiano, ya en el siglo IV. De esa época tal vez provenga la llamada «Casa Basílica» construida a un lado del peristilo. Los restos que se pueden contemplar resultan interesantes, sobre todo por la habitación con forma de ábside que conserva pinturas del bajo imperio en sus paredes. Hay también restos de mosaicos en torno al atrio y una zona con termas que no se ha estudiado en su totalidad. Por último, el abandono y la ruina total de estos edificios con las invasiones bárbaras y bajo la dominación musulmana, hizo que se fueran acumulando los sedimentos procedentes de la erosión de la colina. Así que al iniciarse las excavaciones en 1910 (Jose Ramón Mélida y Maximiliano Macías) toda esta zona estaba casi completamente cubierta de tierra, pudiéndose ver apenas la parte superior del graderío con las bóvedas hundidas, lo que la gente de Mérida denominaba «Las Siete Sillas».
Casa del Anfiteatro
Frente a las ruinas del Teatro y Anfiteatro Romano, los restos descubiertos en este lugar no corresponden a una sola casa, sino más bien a dos. Al iniciarse las excavaciones aparecieron una serie de tumbas de origen tardo-romano e incluso del periodo visigótico, ya que entre los siglos IV y V después de Cristo se solapan las culturas germana y latina debido a las invasiones centroeuropeas. De esa necrópolis, excavada para dejar al descubierto las ruinas de las casas, quedan esparcidos algunos sarcófagos de piedra y de mármol. Con eso se muestra la costumbre en las ciudades romanas de enterrar a los muertos fuera de las murallas, normalmente a ambos lados de las calzadas que partían en diferentes direcciones.
Este es el caso de nuestras casas, pues fueron construidas «extramuros». La primera la encontramos nada más traspasar la puerta de acceso al recinto, restos pobres y escasos que indican la estructura de dos habitaciones cuadradas con algo de pintura en las paredes y mosaico monocromo en el suelo. A esta primera casa —quizás de finales del siglo I d. C.— se la suele llamar «Casa de la Torre del Agua» por encontrarse junto a una torre de decantación de agua donde desembocaba la conducción denominada Acueducto de San Lázaro. Estas torres servían para limpiar el agua de las impurezas y lodo que arrastraba desde muy lejos, para luego distribuirla en puntos estratégicos de la ciudad (fuentes, pozos y termas). Podemos ver el tramo del acueducto abierto (es decir, sin la bóveda con que debía estar cerrado) del que curiosamente destaca una fuente de piedra con forma de cabeza de león. Una vez contemplada la situación y estructura de esta primera casa, continuamos bajando por una pequeña rampa hacia los restos —mucho más espectaculares— de la segunda vivienda.
La que se llama con toda propiedad Casa del Anfiteatro puede que fuera construida también a finales del siglo I d. C., pero debió durar, con sucesivas reformas, hasta comienzos del siglo IV d. C. Justo frente a la entrada de la casa —donde se encontrarían las grandes puertas de madera— podemos ver los restos de unos pequeños baños privados. Construidas junto a la conducción de agua que pasa por ese lugar, precisamente para poderla utilizar más fácilmente, estas termas tenían un sistema de calentamiento llamado hypocaustum. Es decir, se hacía fuego con leña en un horno situado bajo el suelo (todavía se pueden ver los arcos de ladrillo). La habitación caliente era el caldarium, la templada el tepidarium y la de agua fría el frigidarium, siendo parecido a nuestras saunas: un lugar de limpieza y de relax donde se podía conversar con los amigos y hacer vida social. Naturalmente, no todo el mundo podía permitirse tener unos baños privados frente a su casa, así que mucha gente común acudía a las termas públicas que se hallaban situadas en la zona del foro municipal. Desgraciadamente estos baños públicos no se pueden visitar aún por no haberse excavado ni estudiado por completo.
Las casas romanas grandes se estructuraban normalmente en una o dos plantas en torno a atrio y peristilo. En la Casa del Anfiteatro podemos ver un gran peristilo con jardín en el centro (viridarium) y canales para recoger el agua del tejado que iría hacia un pozo o aljibe situado bajo el patio. Alrededor de este patio interior se pueden ver los cubicula o habitaciones para diferentes usos. A la izquierda de la entrada los restos de lo que pudo ser la cocina, lugar al que no se le prestaba mucha atención por ser normalmente los esclavos los que preparaban la comida. Al entrar en la mansión deberíamos torcer hacia la derecha por la galería del peristilo para así admirar los magníficos mosaicos que cubren el pavimento. Son mosaicos geométricos de colores que nos conducen señorialmente hacia todas las habitaciones, especialmente las situadas al fondo de la galería, en el punto más alejado de la puerta de entrada. Allí podemos suponer que se encontraba el tablinum
o sala de trabajo del propietario de la vivienda. Era común entre los romanos nobles y poderosos el levantarse muy temprano para aprovechar la luz solar y atender a sus asuntos en la habitación llamada tablinum. Era como un despacho que servía también de biblioteca y lugar donde recibir a los «clientes», es decir cualquiera que dependiese de esa familia y tuviera que tratar algún asunto con el dominus. Hay una habitación al lado de esta última que bien pudiera ser un triclinium —es decir, «tres lechos» para el comedor— cubierto con un hermoso mosaico del bajo imperio que representa escenas de la vendimia en la parte inferior. En la parte superior se puede contemplar a Venus y Cupido, los dioses del amor.
Tres hombre cogidos de la mano «danzan» sobre la uva mientras que el mosto chorrea en unos recipientes situados debajo; un niño desnudo sube alegre por una escalera de mano a lo alto de la parra, en busca del racimo de dulce uva, y los pájaros revolotean alrededor en medio de motivos vegetales y símbolos geométricos de variada interpretación. La escena no es observada por Baco, dios del vino y de la exaltación creativa, sino que es Venus, al lado de un pequeño Cupido y envuelta levemente en un manto, la que mira hacia abajo a los vendimiadores, en actitud serena. Todo el conjunto respira una alegría decadente propia del final del verano, cuando reina la abundancia y se cosecha la uva con la que preparar el vino, tan apreciado por los romanos en sus banquetes y fiestas.
La casa es realmente grandiosa y no se queda en lo que hemos visto hasta ahora. A partir de la galería del peristilo sale un pasillo cubierto con mosaico que tuerce luego hacia la derecha y hacia la izquierda. Este largo pasillo nos conduce por delante de habitaciones pequeñas, pero viene a desembocar frente a una gran habitación con antesala. La antesala se encontraría abierta por atrás a un patio o jardín (aún no excavado) y está cubierta con un hermoso mosaico a base de rosetones que muestran campanas o las torres de la ciudad en las esquinas. Debió ser enorme la puerta que nos introduce en la grandiosa sala de recepción (oecus). Aunque también pudo tratarse de una sala dedicada a los banquetes, como parecen indicar las dos pequeñas puertas laterales para la servidumbre o, sobre todo, el magnífico mosaico con figuras de pescados y mariscos.Tengamos en cuenta que en una ciudad de interior como Mérida era un lujo poder comer pescado marino.Y aunque las comunicaciones no eran tan rápidas como hoy en día, era posible —si uno se lo podía pagar— traer pescado fresco mediante postas de caballería desde la costa más cercana, en este caso Lisboa, a unos 300 Km. de distancia. Es por tanto un símbolo de riqueza y de distinción la decoración del mosaico «de los peces»; y en general podemos decir que toda la casa es casi un palacio por sus dimensiones y el lujo de su decoración. No se ha excavado en su totalidad ni sabemos a quién perteneció, pero se puede asegurar que debió ser la vivienda de una familia importante para la ciudad. Quizás dentro de este ámbito se pueda encuadrar el mausoleo de la segunda mitad del siglo III (con ocho tumbas de inhumación) encontrado recientemente cerca de la casa.

Museo Nacional de Arte Romano
El Museo Nacional de Arte Romano fue inaugurado en 1986 por el Rey de España y el Presidente de la República Italiana y es, sin duda, la obra maestra del arquitecto Rafael Moneo. Moneo ha diseñado y remodelado otros muchos edificios notables, como la estación de Atocha en Madrid o el Museo Thyssen-Bornemizza. Es el arquitecto encargado de las obras de reforma y ampliación del Museo del Prado.

Contemplado desde fuera, el Museo se asemeja a una gran mole de ladrillo que se apoya sobre altos contrafuertes. La entrada ha sido aderezada con gusto: Grandes puertas de bronce que muestran en relieve los principales monumentos de la ciudad, y encima, decorando el dintel, una estatua femenina de mármol blanco. Al penetrar en el recinto nos sorprende agradablemente el comprobar que existe una tienda perteneciente a la Asociación de Amigos del Museo, tienda que ofrece al visitante libros, diapositivas, posters y recuerdos de todo tipo. Estos suelen consistir en reproducciones exactas de las piezas (pequeñas) encontradas en Mérida. Así que siempre podemos llevarnos como souvenir una vasija de cerámica, una pulsera o pendiente de oro y plata, una copa de fino cristal.También a la derecha de la taquilla se encuentra un vestuario donde depositar los bolsos, paraguas y aparatos fotográficos, ya que se nos avisará que no está permitido utilizar el flash dentro del Museo.
Pero bajemos por la rampa hacia el corazón del Museo, en busca de sus secretos y deseando ser sorprendidos por las maravillas que guarda. No podremos verlo todo en el corto espacio de tiempo que nos hemos marcado, pero al menos recorreremos las salas más importantes y nos llevaremos una impresión de primera mano de las piezas más espectaculares. Así tendremos una magnífica idea de conjunto que completará la visita del Teatro y Anfiteatro. Hay que advertir que todas las piezas tienen a su lado o en el pedestal un discreto cartelillo que indica la fecha probable y algunos datos (nombre, traducción del epígrafe, descripción). La fecha tiene, como es habitual en español, la abreviatura a. C. (antes de Cristo) o d. C. (después de Cristo). A veces también se encuentran grandes paneles temáticos que explican con más detalle y dibujos el contenido de una sala determinada. Estos paneles son muy informativos, pero sólo se encuentran en español, lo que hace especialmente difícil su lectura a cualquier otro ciudadano de la Comunidad Europea.
Al llegar a la planta baja pasamos por encima de una «pasarela» con cristalera a la izquierda. Debajo podemos ver una calzada romana encontrada in situ, muy cerca del acueducto de San Lázaro. A los lados se han colocado algunas cupas (cupae) de piedra, monumentos funerarios tallados en forma de arca o medio tonel que se colocaban encima de las tumbas a la salida de las ciudades. Se han encontrado más de 2 000 en Mérida. Es una buena ocasión para hablar de la construcción del Museo, al darnos cuenta de que éste tiene una «cripta» que se puede visitar y que guarda los restos de casas y tumbas encontradas en este solar.Todo el edificio, por tanto, ha sido sustentado sobre enormes pilares que forman arcos macizos de medio punto.
Pero volvamos nuestra mirada hacia la nave principal del Museo, la enorme sala que se abre ante nuestros ojos como la nave central de una basilica romana. El techo da la impresión de ser una bóveda al repetirse nueve veces hacia el fondo el grandioso arco de medio punto que tiene las dimensiones del llamado Arco de Trajano, en el centro de Mérida. Entre los arcos se abren claraboyas que dejan pasar la luz natural hacia todos los rincones, ayudadas también por los grandes ventanales a izquierda y derecha. La luz, en efecto, es la protagonista iluminando estatuas y piezas arquitectónicas que reposan serenamente contra el fondo sobrio del ladrillo. En este Museo se requiere muy poca iluminación artificial, tal y como buscaban los edificios romanos donde tenían lugar los procesos judiciales, los intercambios comerciales y los cambios de moneda: la basílica, que más tarde daría el nombre y el espacio a las primeras iglesias cristianas. El arquitecto no ha pretendido aquí hacer una imitación ciega de un edificio romano, sino que ha querido armonizar el continente con el contenido, sugerir, con técnicas de construcción y materiales, que nos encontramos en el «mundo romano», crear un ambiente a través del juego de la luz con las estructuras. Uno de los detalles más importantes es el ladrillo. Todo el edificio se encuentra recubierto por ladrillo plano, indicándonos así que ese material también era muy utilizado por los romanos en sus construcciones, además de la piedra y el mármol. Se cuenta que Augusto dijo de Roma: «Recibí una ciudad de ladrillo y la he devuelto de mármol». La sobriedad del ladrillo es un fondo perfecto para las piezas del Museo, especialmente las estatuas, capiteles, arquitrabes y cornisas; pero tampoco desmerecen los mosaicos que se extienden sobre las paredes.Todo el edificio respira una discreta elegancia y proporciona el marco adecuado para la exhibición desahogada del rico patrimonio arqueológico encontrado en Mérida.
Dando unos pasos por la nave principal nos situamos frente a las tres primeras salas (I, II y III), dedicadas a edificios para espectáculos públicos (Teatro, Anfiteatro y Circo). A la izquierda, estatuas en mármol blanco que corresponden a los originales encontrados en el frente escénico del Teatro. Son, como ya se indicó, de finales del siglo I o principios del siglo II d. C.
En el centro de la nave se alza una elevada columna de piedra. Se ha trasladado aquí para indicar las dimensiones del llamado Templo de Diana y del mismo Museo. La columna tiene unos diez metros de altura y está formada por tambores de granito que se coronan por un capitel corintio de hojas de acanto. El fuste de la columna está estriado por estética, y aún se pueden ver los restos del estuco que lo recubría. En efecto, los romanos «estucaban» las columnas que no eran de mármol, para simularlo. Encima del estuco se solía pintar.
Frente a la columna hay una sala dedicada a las religiones orientales (sala IV por la izquierda). En ella se pueden observar algunas estatuas de curiosa factura. Son más pequeñas que las aparecidas en los intercolumnios del Teatro, y sin embargo menos antiguas: mediados del siglo II d. C., según nos dice la inscripción en una de ellas. De izquierda a derecha se presenta la diosa egipcia Isis, un Mitra con serpiente enrollada alrededor del cuerpo, y otro Mitra representado como un joven de túnica corta. Esta última estatua está firmada por el griego Demetrios. Las religiones orientales o «mistéricas» estaban plenamente introducidas en el Imperio hacia principios del siglo II d. C., como alternativa a la fría religión oficial de los romanos. Entre los dioses que se veneraban se encuentra la pareja de Isis y Serapis. Isis era la diosa de la salud de las mujeres y de sus partos. En relación con ella estaba Serapis, dios egipcio de la medicina. Provenientes de Asia Menor era la pareja Cibeles y Attis. Cibeles como diosa de la adivinación y los oráculos se relacionaba con Attis. Pero quizás el culto más notable en Mérida sea el de Mitra, al que hacen referencia dos de las estatuas descritas. En una de ellas está representado como dios del tiempo infinito (Chronos), cuya simbología es la serpiente enrollada alrededor del cuerpo. Lleva una cabeza de carnero a los pies y otra de león en el pecho. Ambos son atributos mitraicos, hasta tal punto que a veces aparece el dios representado con cabeza de león (leontocéfalo), tal y como se puede ver —parcialmente— en otra de las estatuas del Museo.
Mitra era el dios masculino por excelencia, cuyo culto estaba prohibido a las mujeres. Era el dios de los soldados y de la victoria, el dios de la luz que luchaba y vencía a Arimán, dios de las tinieblas. Ambos dioses provenían de Persia. El culto a Mitra, como los otros cultos mistéricos, requerían unos ritos de iniciación que implicaban bañarse en la sangre de un toro, por ejemplo, y el aprendizaje de unos conocimientos «herméticos», que no debían ser transmitidos a los no iniciados. Casi todas estas religiones prometían una vida eterna después de la muerte y hasta una renovación o «renacimiento» en esta vida. Así que no es extraño que el culto de Mitra y otros parecidos entraran en franca competencia con el Cristianismo, que habría de vencer por fin en el siglo IV desplazando a las otras religiones orientales. 
En la otra sala por la izquierda (sala V) aparecen dioses mucho más clásicos: Esculapio, dios de la medicina, Mercurio sentado con una lira romana, y Venus (cubriéndose el pubis) con un amorcillo cabalgando sobre un delfín a sus pies. Estas estatuas y las anteriores fueron encontradas en el cerro de San Albín a principios de siglo, donde hoy se levanta la plaza de toros y donde antes, al parecer, se levantaba un «Mitreo» o templo a Mitra y otras divinidades. En efecto, la fecha del conjunto nos la da la inscripción sobre la lira de Mercurio: año 180 de la colonia (150 de la Era cristiana), cuando era sacerdote del Mitreo un tal Gaius Accius Hedycrus.
Dando unos pasos por la nave podemos ver las salas dedicadas a los ritos funerarios (sala VI) y a la casa romana (sala VII). A la izquierda se comienzan a ver hermosos mosaicos sobre las paredes del Museo, para que los podamos admirar plenamente. El llamado «mosaico del rapto de Europa» (s. II d. C.) representa en el centro una escena mitológica en la que Júpiter —Zeus para los griegos— se convierte en un toro para engañar a la ninfa Europa. Al subir ésta sobre su lomo, el toro escapa corriendo con la ninfa por la orilla del mar. Debajo del mosaico se dispone el brocal de un pozo del siglo IV d. C., esculpido en mármol blanco y con interesantes relieves del ciclo báquico alrededor. Baco, dios del vino y del teatro, iba siempre acompañado por un ruidoso séquito de bacantes: sátiros, ménades y animales salvajes.
A la derecha podemos ver una sala que se ha dispuesto imitando la habitación de una casa romana. En efecto, sobre el suelo un mosaico casi completo y en las paredes pinturas encontradas en la calle Suarez Somonte, todo ello del siglo IV d. C. Las pinturas muestran muy bien el gusto romano por la decoración de las paredes: primero se solían recubrir con estuco, lo que les daba una apariencia brillante, parecida al mármol. Después, bien al fresco o al temple, se solía pintar sobre la última capa delestucado. Los colores eran fuertes y los motivos variados. En este caso se pueden ver escenas del circo y de cacerías, rodeadas por formas geométricas que imitan el mármol. Al fondo del Museo algo
llama poderosamente nuestra atención desde que pisamos la nave principal. Se trata de las piezas decorativas que se han dispuesto a gran altura, sobre la pared del fondo. La luz del sol penetra sesgadamente por los ventanales y las ilumina con rayos sobrios pero magníficos, llenando de nobleza el ambiente. Es el Foro (salas VIII–X). Los objetos que podemos ver son los clipei —medallones redondos de mármol blanco con la imagen de Júpiter Ammon o Medusa— alternando con las cariátides —figuras femeninas tocadas con el «peplo» heleno. Decoraban el friso que remataba el peristilo del Foro Municipal de Mérida. Las columnas de estos pórticos debían ser de gran altura y de enormes dimensiones, a juzgar por los capiteles y basas que se exhiben a la derecha. Debajo de esa decoración, sin embargo, hay tres estatuas de gran dignidad, tres «togados». Sólo la del centro lleva cabeza, notándose no obstante que es una pieza añadida después, sobre todo por el color más claro del mármol y por la barba y peinado del rostro, que pertenece al siglo IV d. C. Esto nos hace reflexionar sobre las técnicas de los escultores romanos, puesto que solían hacer todos los cuerpos iguales para hombres o para mujeres, mientras que el «retrato» se efectuaba en la cabeza y los brazos. De esta manera era fácil intercambiar una cabeza por otra.
Por la derecha nos introducimos en las pequeñas salas laterales del Museo y vamos a topar repentinamente con la cabeza de un uro (toro salvaje) esculpida de un bloque granítico casi, podríamos decir, a tamaño natural. Se trataba de la piedra clave de un arco en el foro, de la que sobresalía agresivamente la cabeza de este animal.
Un poco más adelante observamos dos extraordinarios mosaicos del siglo IV d. C., encontrados bajo los sedimentos que cubrían la «villa de las Tiendas». Uno de ellos representa a un jinete alanceando una pantera (o leopardo) que se revuelve debajo. El jinete luce la llamada «cabeza constantiniana», con una cinta que le sujeta el cabello —un peinado propio de los hombres a mediados del siglo IV. El otro mosaico a la derecha está muy bien conservado y muestra motivos geométricos y vegetales que se resuelven en cráteras (jarras para el vino y el agua que se utilizaban en los banquetes).
Pero sigamos nuestro camino en busca de las piezas más significativas del Museo. Pasaremos sin detenernos por monumentos funerarios, lápidas con inscripciones, vitrinas con objetos diversos y estatuas dispuestas a derecha e izquierda. Algunas son notables, como la del «Genio de la Colonia» o la del dios Océano, que nos mira sin cabeza perezosamente reclinado sobre el codo. Sólo nos detendremos hacia el final del pasillo. A nuestra izquierda se disponen tres cabezas imperiales en mármol de Carrara que fueron encontradas en las excavaciones del Teatro. En el centro nos mira el mismísimo emperador Octavio Augusto, tocado con el velo de «Sumo Pontífice», dignidad que le fue otorgada el año 12 a. C. Es decir, jefe religioso además de político. A ambos lados de Octavio, estatuas que representan a Tiberio y a Druso, de la familia Julio-Claudia. Tiberio fue el sucesor de Augusto y, al parecer, no tan buen emperador como éste. Druso no llegaría a reinar.
Con Augusto comenzó la pax augusta, un largo período de paz y prosperidad para todo el Imperio tras el caos y la destrucción de las guerras civiles. Fue un buen emperador, además de ser el primer emperador. Continuó la política de Julio Cesar dando prioridad a las construcciones públicas y beneficiando a soldados y campesinos. Las colonias se multiplicaron durante su largo reinado, el comercio se extendió por el mediterráneo, Roma aseguró su poder en las fronteras y preparó el camino para futuras conquistas.
La última sala también nos depara una sorpresa: se trata de pinturas que decoraban la balaustrada del Anfiteatro emeritense, como ya se explicó anteriormente. Se puede observar perfectamente a un hombre armado con lanza que se enfrenta a un león, una tigresa que ataca a un jabalí desgarrándole el lomo, un hombre que parece enfrentarse a otro. Las pinturas son de crudo realismo, aunque un tanto infantiles en cuanto a la ejecución y diseño. En efecto, los romanos no conocían la técnica de la perspectiva, tal y como se descubriría durante el Renacimiento.
A continuación tomaremos las escaleras más cercanas para dirigirnos al primer piso del Museo. A partir de aquí pasaremos rápidamente por una serie de salas situadas a la derecha que están dedicadas a piezas de pequeño formato. Las dos primeras (salas II y III) exponen monedas de diferentes épocas, y también algo de orfebrería. Después viene la sala IV, donde se pueden admirar las copas, botellas, cuencos y ungüentarios de vidrio romano encontrados en Mérida. En la sala dedicada a la artesanía del hueso (sala V) hay pequeños objetos para toda clase de usos, siendo el hueso —como se ha dicho— «el marfil de los pobres». La siguiente sala (VI) nos muestra la reproducción de un columbario. La palabra viene de columbus (paloma), y se trata de nichos con el aspecto de un palomar. En ellos se colocaban las urnas con las cenizas del difunto. La otra sala (VII) muestra lucernas, es decir, lamparillas de aceite hechas de barro cocido. Casi todas ellas tienen relieves con escenas mitológicas, religiosas o simbólicas. Las últimas dos salas de este piso (salas VIII y IX) están dedicadas a la cerámica de lujo (terra sigillata) y a la cerámica común. También se exponen terracotas, figurillas decorativas o religiosas que se veneraban en las casas romanas.
Subiendo por las escaleras que nos encontramos delante, llegamos a la segunda planta del Museo. Allí nos sorprende el mayor mosaico que hayamos visto hasta ahora, dispuesto sobre las enormes paredes del edificio (sala X). Se trata de un mosaico del siglo IV d. C. encontrado en Mérida, llamado con toda propiedad el «mosaico de los aurigas». La figura central sin embargo se encontró bastante dañada y solamente podemos deducir que se trataba de una escena mitológica del ciclo a Baco, por los motivos de animales y bacantes que se pueden adivinar. Los cuatro vientos soplan en las esquinas de esta escena central. Los vientos eran sumamente importantes en las carreras del Circo emeritense, ayudando o estorbando a las cuadrigas según fueran favorables o contrarios. A los lados se disponen dos quadrigae (carros tirados por cuatro caballos) cuyos aurigae se alzan con la fusta en la mano derecha y la palma de la victoria sostenida por el brazo izquierdo. El de la izquierda conserva completo el rostro, y podemos observar el curioso casco con el que se cubría la cabeza.También se puede ver el coselete de cuero y las riendas que van atadas al cinturón. Ambos conductores de carros llevan sus nombres escritos encima: marcianusnicha y paulusnica. La terminación nicha o nica es de origen griego e indica la condición victoriosa de nuestros aurigas. Debajo del de la izquierda se puede observar el nombre iluminator, correspondiente al caballo del extremo izquierdo del tiro, el más importante por tener que «arrastrar» a los otros cuando se efectuaban los giros.También aparece sobre el pecho de un caballo el nombre del propietario de la cuadriga en genitivo: getuli (de Getulus).

En efecto, los aurigas o conductores de carros del mundo romano eran muy populares y podían llegar a ganar mucho dinero, como hoy en día nuestros futbolistas. Precisamente el auriga más famoso de todo el Imperio fue un lusitano, de nombre Cayo Apuleyo Diocles. Dioclés comenzó probablemente su carrera deportiva en Emérita, para luego actuar en el Circo Máximo de Roma. Allí se retiró rico y famoso a la edad de 42 años, después de haber ganado un total de 1 462 carreras.
Las carreras del Circo no estaban exentas de peligro. El momento más difícil era cuando los carros tomaban las curvas en los extremos del eje de la spina. Los choques eran frecuentes y los aurigas podían ser arrastrados por los caballos. A este fin llevaban siempre un puñal en el cinto, para poder cortar las riendas atadas a la cintura. Las carreras se efectuaban en sentido contrario a las agujas del reloj durante siete vueltas y normalmente participaban cuatro carros tirados bien por dos caballos (biga), bien por cuatro caballos (quadriga), aunque los tiros podían ser de más o menos caballos. Los carros ostentaban colores diferentes que los hacían fácilmente identificables por sus partidarios: rojo, blanco, verde o azul. Se apostaba fuertemente en las carreras del Circo.
Pasamos por una sala (VIII) donde se exponen algunos restos epigráficos sobre la Mérida paleocristiana. La siguiente sala (VII) nos habla del arte y la cultura en la antigua Emérita y dispone de algunas piezas curiosas. Resaltaremos la estela funeraria de la joven Lutatia Lupata, muerta a los 16 años de edad y que aparece representada tocando el laúd. La inscripción es del siglo I d. C. y está dedicada por su maestra o nodriza, Lutatia Severa.
Frente a ella se alza imponente el enigmático mosaico de «los siete sabios de Grecia», de difícil interpretación. Se trata de siete personajes sentados con sus nombres escritos en griego, y no en latín. Debajo de ellos hay una escena de la Ilíada sobre la que al parecer discuten:Agamenón con lanza y casco recibe al belicoso Aquiles, que levanta el brazo en señal de saludo. Detrás de ellos el prudente Ulises trata de calmar a su apasionado compañero. Al fondo espera temerosa la esclava Briseida, puesto que todo el conflicto gira alrededor de ella.
Las dos salas dedicadas al retrato emeritense, en el piso segundo, son de las más espectaculares que se pueden encontrar en el Museo. En ellas se disponen bustos y retratos de diferentes épocas, masculinos y femeninos. Fundamental para la datación es el tipo de peinado que lleva el personaje retratado, sobre todo en el caso de las mujeres, puesto que los peinados de las damas romanas seguían diversas modas y podían llegar a ser bastante complicados. En primer lugar tenemos la sala con los bustos masculinos (sala VI), entre los que destaca extraordinariamente el llamado «el panadero» por su gran realismo y expresividad psicológica. El escultor no sólo ha detallado con toda minuciosidad los rasgos faciales del personaje, como arrugas, nariz y cejas, sino que incluso ha llegado a mostrar una pequeña verruga en la comisura de los labios. Esta cabeza pertenece a la segunda mitad del siglo I d. C., y es la mejor conservada junto a otra de la misma época que se encuentra en la sala. En ambas destacan la dureza del rostro y la severidad de la expresión. Retratos anteriores se exhiben también en esta sala, algunos de extraordinario patetismo. En la siguiente sala (V) se pueden ver retratos femeninos, destacando el de una dama del siglo II d. C. que tiene el peinado en moño propio de la emperatriz Faustina Minor, la esposa de Marco Aurelio.También especialmente notable es el retrato de una mujer más joven con largos bucles de cabello en los lados y flequillo sobre la frente, que tiene horadados los lóbulos de las orejas para adornar el busto con pendientes. Se la denomina «la gitana», por lucir este peinado tan curioso que, al parecer, no es romano sino propio de las nativas lusitanas.
Las cuatro salas que restan están dedicadas a las profesiones (sala IV), a los movimientos migratorios en Augusta Emérita (sala III), al territorio de la colonia (sala II)y a la administración ciudadana y provincial (sala I). En cada sala se encuentran paneles explicativos con dibujos que nos dan detallada información sobre estos temas. Destacables son algunas inscripciones, como la del médico Publius Sertorius Niger o la que le dedica su marido a Sentia Amaranis (la cual aparece llenando una jarra de vino desde un tonel). Se pueden admirar las dolias, que son grandes tinajas de barro cocido para el almacenaje de productos agrícolas.También se disponen sobre las paredes algunas ánforas, para el transporte y almacenaje de vinos y aceites.
En efecto, el mundo romano era una sociedad basada en los productos del campo. Dentro de la agricultura mediterránea propia de esta zona destacan el cultivo de cereales, el vino y el aceite de oliva. Hispania se convirtió en un inmenso granero para Roma, al igual que Sicilia y el norte de África, y sus productos se exportaban en naves por el mediterráneo (mare nostrum) hasta las más lejanas provincias. El aceite de oliva de Hispania ya era famoso en la antigüedad. La producción agrícola se daba fundamentalmente en las villae, casas de campo situadas en inmensas fincas pertenecientes a propietarios ricos y frecuentemente nobles (domine). Hay una tendencia a vivir en el campo abandonando la ciudad a partir de los siglos III y IV d. C. (Bajo Imperio), coincidiendo con el deterioro de la situación económica y política. De ese momento son las lujosas «villas» encontradas en el territorio emeritense, donde han aparecido magníficos mosaicos que recubrían el suelo de las habitaciones.
Al fondo de la última sala (sala I) se abre el mosaico «de la cacería del jabalí», también del siglo IV d. C. y encontrado sobre el salón principal de la «villa de las Tiendas». Es quizás el mosaico más impresionante de los que se exponen en el Museo, y ciertamente uno de los mejores del mundo. En primer lugar destacan el colorido y la variedad de las figuras geométricas que componen esta maravillosa «alfombra». En el centro destaca la escena de la cacería del jabalí rodeada por una orla o bordura finamente ejecutada con roleos de acanto, aunque en los cuatro lados aparecen cuatro rostros femeninos con sus nombres escritos en latín. El otoño (autumnus) está tocado con uvas maduras en el pelo, por ser el momento de la vendimia. A su derecha se encuentra el verano (æstas), fácilmente identificable por las espigas maduras en el pelo. El verano es la época de la recogida de las cosechas. Debajo, más deteriorado, aparece la primavera (ver) y a la izquierda el invierno (hiems). Son las cuatro «horas» o estaciones del año, representadas como cuatro dioses fundamentales en la vida del campo, que estaba regida por los ciclos agrícolas. En el centro se nos muestra dramáticamente el momento en que un cazador (¿tal vez el dominus?), protegido con un escudo sobre el pecho, introduce su lanza en el costado de un jabalí, mientras que el animal sangra profusamente. Al fondo destaca una encina, árbol típicamente mediterráneo que se encuentra con abundancia en las dehesas extremeñas. La caza era, como no, una de las diversiones principales de los propietarios de fincas.

Autor: © 2006 Juan Pedro Rodríguez-Ledesma.



